Querido lector, permíteme invitarte a un viaje íntimo hacia el corazón de la mente humana, un sendero donde los sentimientos, las experiencias y las conexiones que tejemos con el mundo dan forma a quiénes somos. Como psicólogo y terapeuta, he observado, una y otra vez, cómo las primeras pinceladas de nuestra infancia pintan el lienzo de nuestra vida adulta. El optimismo, esa chispa que ilumina nuestra forma de imaginar el futuro, no es solo un rasgo del carácter; es un reflejo de cómo nuestro cerebro ha aprendido a navegar por las aguas de la experiencia. Pero, ¿qué sucede cuando esas aguas son turbulentas desde el principio? ¿Qué pasa cuando la niñez está marcada por la sobreprotección o la carencia de afecto? En estas páginas, exploraremos cómo esas primeras vivencias moldean rutas neuronales que pueden llevarnos hacia la soledad o el pesimismo, o, por el contrario, hacia la conexión y la esperanza.

Introducción al optimismo y al pesimismo aprendido
El estudio reciente de Kuniaki Yanagisawa, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences el 21 de julio de 2025, nos ofrece una ventana fascinante hacia este proceso. Nos muestra que los optimistas, como si compartieran un mapa común, activan patrones neuronales similares en la corteza prefrontal medial al imaginar el futuro, mientras que los pesimistas trazan caminos más diversos, únicos, casi como si cada uno llevara un lienzo distinto. Este hallazgo resuena con una idea que he visto en mi práctica: las personas criadas en entornos afectivamente coherentes y predecibles —esas “familias felices” de las que hablaba Tolstói— parecen encontrar rutas neuronales más fluidas, menos esforzadas, que les permiten imaginar futuros con esperanza y conectar con los demás sin tanto peso. En cambio, quienes crecieron entre la sobreprotección o la falta de cariño suelen construir rutas más complejas, a veces llenas de recovecos que los llevan a la soledad o a una mirada más sombría del mundo.
Pensemos, por un momento, en dos personas, cada una moldeada por los seis sentimientos que han dado forma a sus experiencias: las vivencias crudas, las creencias, los deseos, el conocimiento familiar, la estabilidad de los afectos y el conocimiento experto. Imaginemos a Clara, una mujer de 30 años que creció en un hogar cálido, donde sus emociones fueron validadas y sus errores, acogidos con paciencia. Cuando Clara imagina un evento futuro —digamos, un nuevo proyecto en su trabajo—, su vivencia inicial es de curiosidad, un susurro del alma que le dice que puede aprender algo nuevo. Su creencia, arraigada en años de apoyo, es que sus esfuerzos valen la pena, incluso si falla. Su deseo es crecer, no solo brillar, y su conocimiento familiar, tejido en cenas llenas de risas y conversaciones honestas, le da un sentido de pertenencia. La estabilidad de sus afectos le permite recibir críticas sin sentirse amenazada, y su conocimiento experto, flexible y abierto, le ayuda a integrar nuevas ideas sin aferrarse a dogmas. Clara, en su optimismo, ve el futuro como un lienzo lleno de posibilidades, y su cerebro refleja esa armonía en patrones neuronales compartidos con otros optimistas.
Ahora, pensemos en Luis, un hombre de 35 años que creció en un hogar donde la sobreprotección lo mantuvo en una burbuja, pero también lo privó de enfrentar desafíos por sí mismo. Sus vivencias están marcadas por una ansiedad sutil, un eco de nunca haber sentido que podía equivocarse sin consecuencias graves. Su creencia, frágil, es que debe ser perfecto para ser valioso, y su deseo se centra en la aprobación externa, un anhelo que lo empuja a compararse constantemente. El conocimiento familiar, en su caso, es escaso; las conexiones emocionales en su infancia fueron más formales que profundas. La inestabilidad de sus afectos lo hace sensible a la crítica, y su conocimiento experto, rígido por el miedo a equivocarse, lo lleva a aferrarse a ideas preconcebidas. Cuando Luis imagina el futuro, su cerebro traza patrones únicos, llenos de matices pesimistas, porque su soledad interior le hace difícil compartir un marco común con los demás.
Estos ejemplos, Clara y Luis, nos muestran cómo los seis sentimientos —esas fuerzas que nos afectan— dan forma a nuestra manera de imaginar el futuro. Los optimistas, como Clara, parecen caminar por un sendero más predecible, donde la confianza y la conexión los guían. Los pesimistas, como Luis, enfrentan un camino más tortuoso, donde la soledad y el esfuerzo por comprenderse a sí mismos pueden hacer que cada paso sea más pesado. Pero aquí está la buena noticia: estas rutas neuronales no son fijas. Con reflexión, con terapia, con pequeños actos de valentía, podemos aprender a pintar nuestro lienzo con colores más vivos, a construir puentes hacia los demás, a encontrar alegría en lo que somos.
En este artículo, no solo exploraremos los hallazgos de Yanagisawa y su equipo, sino que también los conectaremos con la experiencia humana, con esas historias que he visto en mi consulta y que, quizás, resuenen contigo. Porque entender el optimismo no es solo una cuestión de ciencia; es una invitación a mirar dentro de nosotros, a preguntarnos cómo nuestras vivencias han moldeado nuestras creencias y deseos, y cómo, paso a paso, podemos aprender a imaginar un futuro que nos conecte, que nos libere, que nos haga sentir vivos.
El optimismo y el arte de imaginar el futuro
Querido lector, detente un momento. Imagina que estás frente a un lienzo en blanco, con un pincel en la mano, y el futuro se extiende ante ti como una promesa aún no escrita. ¿Qué colores elegirías? ¿Pintarías con trazos audaces, llenos de esperanza, o con tonos más apagados, teñidos de cautela? El optimismo, esa chispa que nos impulsa a ver el mañana con ojos de posibilidad, no es solo una actitud, un capricho del carácter. Es una danza compleja entre la mente, el corazón y las experiencias que nos han moldeado. Es, en esencia, una forma de imaginar el futuro que puede cambiar no solo cómo nos sentimos, sino también cómo nos conectamos con los demás. Permíteme guiarte, paso a paso, por un fascinante descubrimiento científico que ilumina este proceso, y que, quizás, te invite a reflexionar sobre tu propio lienzo.
Un estudio reciente, publicado el 21 de julio de 2025 en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), liderado por Kuniaki Yanagisawa desde la Universidad de Kobe, Japón, nos ofrece una ventana hacia el alma del optimismo. Este trabajo, titulado Optimistic people are all alike: Shared neural representations supporting episodic future thinking among optimistic individuals (DOI: 10.1073/pnas.2511101122), revela algo sorprendente: los cerebros de las personas optimistas, al imaginar eventos futuros, activan patrones neuronales notablemente similares, como si compartieran un mismo idioma mental. Los pesimistas, en cambio, trazan caminos más diversos, cada uno con su propia voz, su propia manera de ver el mundo. Este hallazgo no es solo un dato curioso; es una puerta hacia la comprensión de cómo nuestras vivencias tempranas, nuestras emociones y nuestras conexiones sociales dan forma a la manera en que pintamos el futuro.
El propósito: desentrañar el pensamiento episódico
Imagina, por un instante, que te pido que pienses en un momento futuro: quizás un nuevo empleo, un viaje soñado, o incluso un tropiezo, como perder algo importante. Este acto de imaginar, que los científicos llaman pensamiento episódico, es como tejer una historia en tu mente, con detalles, emociones y personajes. El equipo de Yanagisawa quiso explorar cómo el optimismo —esa tendencia a esperar lo mejor, a suavizar lo peor— se refleja en el cerebro cuando hacemos esto. ¿Tienen los optimistas un patrón común, una especie de melodía compartida, cuando sueñan con el mañana? ¿O cada persona, optimista o no, crea su propio relato, único e irrepetible?
Para responder estas preguntas, los investigadores se enfocaron en la corteza prefrontal medial (MPFC), una región del cerebro que actúa como un escenario donde ensayamos nuestras historias internas: pensamientos sobre nosotros mismos, sobre los demás, sobre lo que podría ser. La MPFC es como el director de orquesta de nuestra vida mental, conectando emociones, memorias y proyecciones futuras. El estudio buscó no solo observar esta región, sino entender si los optimistas y los pesimistas la utilizan de manera distinta al imaginar eventos positivos (como ganar un premio), neutrales (como ir al supermercado) o negativos (como enfrentar una pérdida).
El método: un vistazo al cerebro en acción
El estudio, realizado con una precisión que invita a la admiración, incluyó a 87 participantes divididos en dos grupos: 37 en una primera fase y 50 en una segunda. Cada participante fue evaluado con cuestionarios que midieron su nivel de optimismo, una herramienta que, aunque sencilla, permite clasificar a las personas en un espectro que va desde la esperanza radiante hasta la cautela sombría. Durante los escaneos de resonancia magnética funcional (fMRI), se les pidió que imaginaran eventos futuros específicos, no solo para sí mismos, sino también para sus parejas, lo que añadió una capa fascinante: ¿cómo cambia nuestra forma de imaginar cuando pensamos en alguien cercano?
Los escenarios presentados eran variados: algunos evocaban alegría, como “imagina que ganas un reconocimiento importante”; otros, neutralidad, como “imagina que organizas tu semana”; y otros, tristeza, como “imagina que pierdes algo valioso”. Mientras los participantes se sumergían en estas historias mentales, las máquinas capturaban el murmullo de sus cerebros, registrando cada chispa de actividad en la MPFC. Para analizar estos datos, los investigadores usaron una técnica llamada análisis de similitud representacional intersujeto, que compara los patrones cerebrales entre personas, y un método de escalamiento multidimensional, que mapea cómo cada participante percibe la valencia emocional (positiva, neutral, negativa) y el contexto (uno mismo o la pareja). Es como si, por un momento, pudiéramos ver el lienzo interior de cada mente, con sus colores y formas únicas.
Lo que encontraron: optimistas en sintonía, pesimistas en solitario
Los resultados, lector, son como una melodía que resuena con claridad y profundidad. Los optimistas, al imaginar el futuro, activan patrones neuronales en la MPFC que son notablemente similares entre sí, como si todos estuvieran tocando la misma partitura. Es como si compartieran un mapa mental, una forma común de navegar por las posibilidades del mañana. Los pesimistas, por otro lado, muestran patrones más variados, cada uno con su propio ritmo, su propio estilo. Este contraste evoca una frase célebre: “Todos los optimistas son iguales, pero cada pesimista imagina el futuro a su manera”. Los investigadores, inspirados por el principio de Anna Karenina de Tolstói, sugieren que esta uniformidad entre los optimistas podría ser la clave de su capacidad para conectar con los demás.
Pero hay más. Los optimistas no solo comparten patrones cerebrales; también procesan las emociones de manera distinta. Cuando imaginan eventos positivos, como un logro personal, sus cerebros dibujan un cuadro claro y vibrante, mientras que los eventos negativos, como una pérdida, son procesados de forma más abstracta, menos visceral. Es como si los optimistas tuvieran un filtro que suaviza lo malo, permitiéndoles verlo como una oportunidad o un desafío, en lugar de un golpe devastador. Los pesimistas, en cambio, tienden a sumergirse en los detalles de lo negativo, lo que genera patrones cerebrales más complejos y únicos, pero también más cargados de emoción.
Otro hallazgo clave es la conexión con las relaciones sociales. Los optimistas, con sus patrones neuronales compartidos, parecen estar “en la misma longitud de onda” con los demás, lo que facilita la empatía, la comprensión mutua y la construcción de redes sociales más amplias. Como dijo Yanagisawa en una entrevista con The Guardian, “los optimistas no solo piensan igual en un sentido estructural, sino que también procesan la información emocional sobre el futuro de manera diferente, lo que puede ayudarles a mantenerse resilientes”. Este enfoque no solo los protege de las tormentas emocionales, sino que también los convierte en puentes hacia los demás, en arquitectos de relaciones más fuertes y cálidas.
Conexiones con el pasado y el presente
Este estudio no existe en el vacío; se apoya en investigaciones previas que han explorado cómo el cerebro refleja nuestra posición en el mundo social. Estudios como los citados en Scientific American (DOI: 10.1038/s41467-022-28432-3; DOI: 10.1177/09567976221145316) han mostrado que las personas con mayor centralidad social —esas que ocupan un lugar importante en sus comunidades— o con menor soledad también exhiben patrones neuronales similares en la MPFC. Es como si la conexión humana, ya sea con amigos, familia o colegas, dejara una huella en nuestro cerebro, una firma que los optimistas comparten. Esta idea resuena con lo que he visto en mi práctica como terapeuta: las personas que crecen en entornos afectivamente estables, donde sus emociones son validadas, tienden a desarrollar una mirada más esperanzadora, una que les permite no solo soñar con un futuro mejor, sino también construirlo con otros.
¿Y qué significa esto para nosotros?
Piensa, por un momento, en tu propia vida. ¿Cómo imaginas el futuro? ¿Es un lienzo lleno de colores vivos, o está salpicado de sombras? Los hallazgos de Yanagisawa nos invitan a reflexionar sobre cómo nuestras experiencias —las caricias de la infancia, las palabras de aliento, o quizás las ausencias— han moldeado nuestra forma de ver el mundo. Pero, más importante aún, nos recuerdan que el cerebro no es un lienzo fijo. Es maleable, flexible, capaz de aprender nuevas formas de pintar. La terapia cognitivo-conductual, la meditación, o incluso pequeños actos diarios de gratitud pueden ayudarnos a trazar patrones más luminosos, a acercarnos a esa sintonía que los optimistas parecen compartir.
Imagina a alguien como Clara, de quien hablamos antes. Su optimismo no es un regalo innato; es el resultado de años de conexiones cálidas, de un entorno que le enseñó a confiar en sí misma y en los demás. Ahora piensa en Luis, cuya infancia fue más rígida, más solitaria. Su camino puede ser más tortuoso, pero no está condenado a caminarlo solo. Con apoyo, con reflexión, puede aprender a suavizar las aristas de su lienzo, a encontrar colores más brillantes. Y tú, lector, ¿dónde estás en este espectro? ¿Qué pequeños pasos podrías dar para pintar un futuro que te conecte, que te inspire?
Un horizonte por explorar
Este estudio, con su rigor y su poesía, nos deja con más preguntas que respuestas, y eso es algo hermoso. ¿Son estos patrones neuronales innatos, o se forjan con el tiempo? ¿Podemos, con práctica, aprender a “pensar como optimistas”? Futuras investigaciones podrían explorar estas ideas, quizás usando intervenciones como la escritura expresiva o la visualización guiada para ver si los patrones cerebrales pueden cambiar. Por ahora, lo que sabemos es que el optimismo no es solo una forma de pensar; es una forma de ser, de relacionarse, de construir un mundo donde las conexiones humanas son más fuertes, más profundas, más reales.
Así que, la próxima vez que mires hacia el futuro, recuerda esto: cada pincelada cuenta. Cada pensamiento, cada esperanza, cada pequeño acto de valentía puede cambiar la forma en que tu cerebro dibuja el mañana. Y, quién sabe, quizás al hacerlo, no solo transformes tu propio lienzo, sino que inspires a otros a pintar con más luz. 🌟
Citas
Yanagisawa, K., et al. (2025). Optimistic people are all alike: Shared neural representations supporting episodic future thinking among optimistic individuals. Proceedings of the National Academy of Sciences, 122(30), e2511101122. https://doi.org/10.1073/pnas.2511101122
Artículo de Scientific American: https://www.scientificamerican.com/article/optimists-are-alike-but-pessimists-are-unique-bran-scan-study-suggests/
Artículo de The Guardian: https://www.theguardian.com/science/2025/jul/21/optimists-share-similar-brain-patterns-when-thinking-about-the-future-scans-show